Cuando un médico de familia recibe una notificación de apertura de expediente en lo primero que piensa es en sus pacientes. Es lo que tiene en la cabeza. Dios mío qué he hecho. Luego vienen las noches sin dormir, la revisión de la historia una y otra vez, la angustia, el temor a pasar consulta, el bloqueo.

No estamos exentos de equivocarnos. Primero porque somos humanos y por más esfuerzo, dedicación y horas de estudio, nunca funciona nuestro cerebro al cien por cien, como en todas las profesiones, solo que aquí las consecuencias pueden ser mayores, lo sabemos e intentamos poner en nuestros seis sentidos (el sexto es el sentido común) en lo que hacemos. Segundo porque tenemos a nuestro cargo a casi dos mil pacientes y atendemos a lo largo del año a más de la mitad de ellos, pacientes de todas las edades, con toda la gama de enfermedades de cualquier órgano y aparato, en consulta telefónica, presencial, domiciliaria o urgente, con una diversidad enorme de complejidad y gravedad, por lo que es necesario considerar y procesar simultáneamente una mayor y más variada cantidad de datos a la hora de tomar decisiones clínicas.  Tercero, porque trabajamos en unas condiciones (agendas imposibles, tiempo ridículo por paciente, falta de acceso a pruebas complementarias…) que no son las mejores para minimizar errores.

Cuando un médico de familia conoce que un compañero está siendo investigado por cometer un error médico, la primera reacción es la comprensión, la cercanía, la empatía; la segunda reacción es el temor, cuándo me tocará a mí y la puesta de atención, más de la habitual, para convivir con incertidumbres intrínsecas a nuestra práctica habitual.

Todo esto forma parte de la profesión, puede ocurrir, cuentas con esta posibilidad aunque no quieres vivirla, no es evitable del todo.

Pero  hay otra situación, como la de nuestra compañera en la la que una médico de familia se ve “investigada”, expedientada, en dos ocasiones,  no por su actuación clínica con sus pacientes, ni mucho menos por el trato que reciben (muestran altos niveles de satisfacción), no por incumplimientos de normas u horarios, trabajadora responsable con alta dedicación; sino por motivos “prefabricados” y construidos sobre la falsedad y la invención.  Porque lo molesto es su actitud de crítica o denuncia, su claridad al  analizar la situación de abandono de la atención primaria y el mal funcionamiento del sistema sanitario y por su capacidad de liderazgo. De camino es un “aviso a navegantes”. En un sistema sanitario donde durante décadas se ha venido practicando una política de personal autoritaria donde “deber favores” y mantener el cargo han primado sobre los derechos de los profesionales y sobre la atención a los pacientes, las voces disidentes deben ser acalladas, perseguidas, desprestigiadas.

La reacción producida en esta compañera y en los que la rodeamos, va del dolor a la indignación y a la reafirmación de los principios que nos unen: la defensa de la sanidad pública, la atención primaria y la medicina de familia. Y lejos de silenciar nuestros mensajes, manifestamos nuestro apoyo públicamente y respaldamos su intachable labor profesional.

Los médicos de familia, como trabajadores públicos, debemos estar sometidos a mecanismos de control, cumplir con las leyes y  normas de convivencia social, cumplir con las reglas que rigen  nuestro trabajo cotidiano (horarios, responsabilidades, actividades), cumplir con el Código Deontológico de nuestra profesión pero ante todo cumplir con nuestro papel  social: el de contribuir en la mejora de la salud de la población a la que atendemos y eso conlleva también la crítica constructiva. Seguiremos.

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